Volviendo de mi esclavismo he tenido un encuentro que me ha llenado de gozo: ya cogida la M-40, a la altura del paso elevado donde suele haber un par de chiquillos que con gran leticia se dedican a arrojar gruesos peñascos a los coches que bajo ellos pasan, y habiendo sorteado con gran agilidad el gravoso adoquín que a mí me dedicaron, di de bruces contra el culo de una furgoneta decorada de modo asaz peculiar:
En la portezuela trasera izquierda rezaba: INSPECCIÓN DE TUBULARES POR CIRCUITO CERRADO DE TELEVISIÓN mientras que en la derecha había a modo de ilustración una sobrecogedora imagen: el interior de una inmunda cloaca, que a lo lejos adivinábase reventada, y que en su fondo albergaba el fluir de lo que parecía ser un viscoso y sanguinolento mucílago. Maravillado por lo atrevido de semejante publicidad, me vi en la obligación de apretar el acelerador para ponerme a su altura, y así leer el rótulo que adornaba el furgonetesco lateral: Limpiezas Madrileñas S. L. Y bajo ello un teléfono que con gran peligro para mi vida y la de otros logré apuntar en uno de los klínex que llevo en mi churretoso salpicadero. Llevóme varios minutos colegir que la actividad desta organización, seguramente gobernada por hampones, no era otra que la bella arte de la pocería. Ahora, naturalmente, no sé qué hacer, puesto que en mi destartalado hogar no hay que yo sepa tubular alguno que inspeccionar y me es necesario ver en acción a estos profesionales del hozar en fangos y estercoleros, cuyo fetichismo escatológico y audiovisual es sin duda digno de pública exhibición. ¿Cuántas sorpresas y maravillas no habrá por descubrir en dentro de cañerías atascadas, cloacas inundadas, turbios túneles y galerismos en general?
Las mismas que no siendo aceptadas a ras de suelo se ven obligadas a esconder su prodigiosa naturaleza y grotesca aberrancía donde nunca da el sol y siempre huele raro. Si yo mismo sufro al tener que disfrazarme de ciudadano cuando salgo a la calle, y se me tilda de insensato cada vez que muestro mi miembro en público ¿cuántos grotescos y bastardos prodigios no se habrán visto obligados a exiliarse en el subsuelo? No hay que olvidar que Naturaleza repudia la normalidad y la homogenia y, lo prueban las cifras, engendra cada vez mayor número de inadaptados llamados a luchar por su vida en las calles de este mohoso Leviatán, infección del espíritu llamada ciudad.
Descolgué el teléfono de mi mesa de esclavo, aprovechando que la mi jefa sigue aparcada en el mercado francés, ya sin voz de tanto berrear las bondades de su producto. Dicho sea de paso que esta coyuntura me es en extremo propicia, por cuanto siempre he gustado de sobarme los bubones y no hacer cosa productiva alguna. Tan es así que el porcentaje de mi jornada que dedico a ver blogs y hurgar por internet ha alcanzado niveles bochornosos, sin que ello haya tenido consecuencia alguna ni escarmiento sobre mi persona. Lo cual no es sino señal inequívoca de que el Altísimo respalda mi actitud y mi desprecio por Su obra en general y por el pitorreo que es mi vida en particular.
El caso es que he marcado el número de Limpiezas Madrileñas S. L. y he dado la dirección de mi lugar de esclavismo. Cargué todo a nombre de uno de los miembros de la tripulación de quien no sé si he hablado, un alcóholico y cargante facha bastante amariconado.
El plumífero patriota gusta de trasegar pacharanes después de cada comida, y es gran amigo de dar voces cazalleras e impertinentes. Es individuo por lo general molesto y de incómodo trato, pernicioso ejemplo para una mente fácilmente manipulable como la mía. No sé si me tiene por amigo o alberga sórdidas intenciones, nunca se sabe con esta gente del cine.
El caso es que sólo se enterará del mochuelo que le he cargado cuando alguien le exija que explique un gasto fechado el 22 de Mayo de 2008, bajo el concepto Inspección de Tubulares por Circuito Cerrado de Televisión. Tuve la prudencia de organizarlo de forma que cuando por fin llegó la misma furgoneta que yo viera el día anterior, los tres individuos y los artefactos que de ella salieron se ofrecían cómodamente a mi vista, por lo que me dediqué a observalles, apretadas las fosas nasales contra el cristal de la ventana.
Tomaron la tapa de alcantarilla que había en medio de la calzada, precintando la zona, abrieron la trasera de la furgoneta y desplegaron un curioso artefacto, un “Robot acuatico con inclinometro, zoom y cabezal giratorio de 120 grados”, autómata con ruedas que demostró ser ágil y de gráciles derrapes cuando sirviéndose de un mando a distancia lo corrieron por la calle haciendo ochos entre las farolas. No tardaron en recobrar la cordura y con grave semblante se calzaron unos monos de grueso plástico amarillo y máscaras antigás, para proceder al descuelgue del robot cloaca abajo.
Cuando ya estaba convencido de que aquel espectáculo era un fraude, el cable y el cabo que les unían con el explorador autómata dieron tirón harto sospechoso, a causa del cual el operario que sujetare este cordón fue arrastrado cloaca abajo. El espanto de sus compañeros era comprensible, toda vez que un enorme y viscoso tentáculo negro emergió garrudo y constrictor para llevarse consigo a los otros dos, por más que se resistieron al atascarse tanta masa cárnica en el orificio de la alcantarilla.
Me detuve a considerar que quizá estaba empezando a pagar la factura de las drogas, y para cerciorarme volví a mi mesa, dudé un rato, y por fin descolgué el teléfono para pedir una romana con anchoas y una cerveza, que me saldrán gratis si el repartidor no tarda más de treinta minutos en caer en la trampa.
jueves 22 de mayo de 2008
Limpiezas Madrileñas
miércoles 14 de mayo de 2008
Calma chicha
Mi comportamiento suicida del día ha sido conducir escuchando una selección de temas de la banda sonora de James Bond contra el Dr. No (de entre los que me gustaría destacar el que hace número 32) Pudiera parecer al ojo inexperto que esta conducta difícilmente resultará en muerte, pero a continuación demostraré que es sólo una cuestión de grado. Como quizá sepan, soy gran amigo de llevar las cosas a su extremo y reducirlas al absurdo, y encuentro esta afición reveladora por cuanto que pone al descubierto las ridiculeces y sinsentidos de la vida. Tengo, he de admitirlo, el hábito de realizar experimentos de este tipo, cuando olisqueo la demencia en alguna conducta o hábito socialmente aceptado, sigo el rastro y escarbo perruno la tierra que han puesto de por medio. Y el suelo destripado nunca defrauda, todo lo contrario, el asomo de locura insensata que brotaba dél y agitábase cual culebrilla resulta ser la punta del tentáculo de todo un Cthulhu soterrado.
Decía que es cuestión de grado porque es indispensable que el volumen a que se reproduce la canción sea tal que los altavoces amenacen con ajarse y reventar. Efectivamente, los tambores de guerra y ominosas fanfarrias de hermosísimos temas como el que decía más arriba provocan en el conductor una suerte de euforia berserk que supone un peligro infinitamente superior a una borrachera o fumada, por severas que éstas sean. Así, he podido constatar que, bajo el influjo de la música adecuada, mi proverbial observancia de la ley se desvanece como el humo y hago de mi vehículo misil que pone en evidencia a los demás conductores, endebles manirrotos que sueltan el volante y se cubren la cara al verse rebasados por mi atronadora cafetera. Atronadora por la música, se entiende, no por un motor que suena a tos de octogenario. Es cierto que a más de 110 km/h este mi carro deleznable vibra sobremanera, le bailan todas las juntas y amenaza con desguazarse en plena marcha, pero todo ello no hace sino retroalimentar el vértigo psicópata que provoca la tonadilla bondiana, vértigo que a su vez me impele a mantener el pedal pisado a fondo mientras profiero risotadas dignas de demente.
Pero cuando llego a la nave hundiente donde se ejecuta mi esclavismo, el épico ardor guerrero que corría por mis venas se disuelve envenenado por el olor a oficina que desprende la cubierta del navío. Éste se encuentra amarrado en un sucio y ruidoso puerto francés, sito junto a un mercado do hemos facturado a la indeseable de mi deseable jefa y al comodoro timorato, quien al parecer se dedica a recorrer coqueto el paseo marítimo dotado de una grotesca pamela y sosteniendo en brazos un perrillo repugnante. Mientras, la mi jefa vocea verdulera detrás del astroso tenderete donde se exponen varias de las pinículas que viajaban en la bodega y que ahora se cuecen al sol de Niza. Copias que por cierto me tocó a mí descargar al más puro estilo estibatorio: despotricaba y arrugaba yo entonces el gesto, asqueado por el inmundo hedor que despedían estas herrumbrosas latas, tomadas de orín y moho de tanto esperar amontonadas en las tripas a medio inundar del barco. Consolábame a mí mismo como conviene a mi carácter de natural pajillero, recordando que invitafantas más nobles que yo hánse visto en semejante circunstancia.
Sobre la cubierta, al no haber capitán, los miembros de la tripulación huelgan y se entregan al tedio, y yo encuentro que es buen momento para escribir a la familia.
Contento con la epístola resultante doblé el pliego varias veces sobre sí mismo, lacrándolo después y entregándoselo al grumete correveidile, quien lo hará llegar a destino por los canales pertinentes. Me desperecé entonces y anduve hacia la borda, sobre la que me apoyé para vomitar con la satisfacción del deber cumplido.
"Estimada Sancta Mater,Los días transcurren podridos de molicie en esta prisión náutica en la que por tu culpa me veo recluido. He estado leyendo y documentándome, y me encuentro en posesión algunos datos reveladores que creo debes saber.
He descubierto que la causa de mi afición al fracaso y mi tendencia a la inadaptación se deben a ciertos sucesos acaecidos durante mis primeros días sobre este perro mundo. Y es que he sabido recientemente (porque al final todo se sabe, por más que se intente esconder) he sabido recientemente digo que cuando tuve a bien nacer estaba vigente una moda entre los médicos, a saber: no alimentar al neonato con sustancia ninguna hasta transcurridas 24 horas desde el exilio uterino. Así, lo que debió haber sido una entrada triunfal por la puerta grande de la vida, evento digno de celebración con todo tipo de viandas e hidromieles, convirtióse en penoso ayuno que consistió a la postre en mi primera y más importante lección: no fiarse de nada ni de nadie, y no esperar de la vida más que decepciones, hambrunas y otros chascos. Es obvio para cualquiera que éste y no otro es el origen de mi carácter abstinente y pajillero, y de mi enfermiza tendencia al ya mencionado fracaso, que la R. A. E. tiene a bien definir como:
1. m. Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio.
2. m. Suceso lastimoso, inopinado y funesto.
3. m. Caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento.
4. m. Med. Disfunción brusca de un órgano.Hermoso cuarteto que te dedico a tí, mi sancta mater, por haber hecho caso de médicos y otros ineptos orates que no teniendo ni puta idea se creen dueños de insondables saberes y viven imbuidos en una aureola de moderno chamán que a su entender les da derecho a pastorear los humanos rebaños como les parezca. Debiste echarte al monte y parirme en una sórdida ladera, asistida como mucho por un cónclave de brujas y sátiros.
Retirándote el saludo,
El tu hijo"
viernes 9 de mayo de 2008
Maraña de sábanas
La noche era ventosa, y puesto que las ventanas de mi casa son viejas y de postigos extravagantes, cada uno de una forma y ninguno con la del vano en el que ha de encajar, es por esto que entra el viento y bate puertas y cortinas. Parecía realmente como si intentare dormir en frágil esquife, perdido en alta mar, como si en lugar de cimientos la mi casa tuviera quilla y fuera juguete de las olas. Parecióme hasta que salpicaba el agua de mar por las ventanas.
En esto que oí crujidos y golpes viniendo de mi salón. Yo, que acostumbro a dormir desnudo porque todo pijama que he probado me irrita pústulas y bubones, me puse en guardia, extrañado por la atmósfera sobrenatural de que estaba preñada la noche.
Lo que no pude asimilar del todo fue ver abrirse la puerta de mi dormitorio, que como todas chirría, empujada por la alegoría náutica. Sin duda era ella, hecha toda de mástiles y arboladuras, enredada de cabos y arrebujada en velas cuyos flecos aleteaban al viento. A cada movimiento crujían sus cuadernas, parecía oler a mar, y tenía percebes y lapas parásitos de sus húmedas maderas. Con voz grave y ominosa me propuso obscenidades:
-YACE CONMIGO…
No sabiendo yo exactamente cómo conducirme ante tan epatante aparición, puse cara rara. Desnudo, en pie sobre la cama, la observé de arriba abajo, cuan larga era (y lo era mucho) para concluir:
-Aparatosa coyunda la que usté me propone. Sepa que yo soy muy decente, y poco amigo de experimentos. Por no hablar de que no parece adivinarse en su calafateada anatomía orificio alguno que yo pudiere penetrar…
A lo que el ser ente contestó:
-YACE CONMIGO… Y YA VEREMOS QUIÉN PENETRA A QUIÉN…
-¡Ah, no! ¿Sodomita, yo? ¡JAMÁS!
Empezó entonces épico enfrentamiento, a cara de perro y mano desnuda. Quien en alguna ocasión haya combatido contra un bípedo constituido de fragmentos de mástiles y maromas sin duda guardará recuerdo de semejante experiencia y no me dejará mentir: no es en absoluto tarea fácil doblegalle.
Por suerte que soy hombre precavido, y así como llevo el maletero bien provisto de pistolas de clavos, sierras, martillos y otros útiles, tengo el juicioso hábito de guardar hachuelas bajo el colchón, por si se declarare algún incendio. Sirvióme así este utensilio para plantar cara a la alegoría náutica, que de todos modos mostrábase fiera y agitaba su botavara con gran peligro para mi cabeza.
La luna llena iluminaba la escena, peligrosa a más no poder: la alegoría y yo batallábamos con crueleza y sin piedá, mordiéndonos y golpeándonos, rugiendo sobre el precario tejado de la mi casa.
Yo tengo a bien vivir en un barrio de negros, los cuales no tardaron en arremolinarse en torno a mi morada, que es baja y vieja, como de pueblo, de modo que su tejado hace perfecto escenario del combate. Cuando finalmente logré desequilibrar al ser, que cayó al vacío de mi patio y estrellóse en mil astillas contra el suelo, quedó el moreno público gratamente impresionado, y comentaban entre sí lo pequeño que era mi miembro en comparación con los suyos, y lo antihigiénico que encontraban el pellejo de este mi pene incircunciso.
Desperté al volante, yendo al trabajo. La ley no permite superar los cien por hora en la M-607, por eso reduje un poco la velocidad. Circulaba por el carril izquierdo, el que normalmente transita gente propensa a la prisa y otras úlceras, conductores éstos que encontraron mi observancia estricta de la ley contraria a sus intereses. Pitaba un grueso todoterreno tras de mí, y amenazaba con su gordo morro. Como yo no me amilano ante bravatas de este estilo, aminoré un poco más la marcha, provocando la furia de los que tras de mí circulaban. Uno de ellos rebasóme por la derecha en un claro atentado contra el reglamento, con tal mala suerte que tras la curva siguiente provocó un estruendoso choque en cadena al impactar con una acumulación de vehículos que hacían retención. Volaron todos por los aires al explotar, y sólo mi coche cruzó incólume entre la masacre de hierrajos negruzcos y retorcidos, dejando una estela de fuego y humo.
Bueno, eso es lo que hubiera pasado en un mundo mejor, donde reinare la justicia, pero como está claro no es el caso. Si yo gobernare el universo tal como mando en mis sueños, hace años que habría sublimado y como buen señor todopoderoso, me dedicaría a jugar al gua con los planetas. De momento me tengo que conformar con dar bocinazos y cagarme en familiares a través de la ventanilla.
jueves 8 de mayo de 2008
No es oro todo lo que reluce, pero lo que huele a mierda, apesta.
Vengo de recibir la zancadilla del novato. Los miembros de la tripulación de la nave hundiente teníamos esta tarde deber de acudir a una proyección del último tostón de un vetusto cineasta apoltronado y gagá a quien por desprecio no nombraré. No sabía yo que al salir de tal pase nos esperaba acechando el productor, pez gordo señor del puro que teje y maneje desde las sombras, emboscado en un despacho algo alejado de la sala de proyección. A este cuarto nos aproximábamos por un pasillo los marineros de la nave hundiente, ya vista la infame película. Ignaro yo de que había encerrona, caí en el ardid que me tendió uno de los marineros, especialmente hideputa: un barbudo y corpulento mozarrón que me había cogido tirria. Preguntóme él mi parecer acerca de la aburrida y sin sal historia, y tomando yo la pregunta como gesto amistoso, no dudé en explayarme a voz en grito acerca de lo puta mierda que me había resultado el flim, y que a ratos había padecido crisis de ansiedad al verme confinado en la sala de proyección, de manera que verdaderamente me había sentido como el héroe drugo de la naranja mecánica al ser reeducado, pues no otra cosa sino arcadas y accesos de vómito cabía padecer ante lo que no era sino otro ñordo ambientado en la guerra civil, Maribel Verdú haciendo de escuálida afligida, final grotesco, dramón, en suma: más estafa que película.
Vociferaba yo de esta guisa cuando del despacho emergió el pez gordo señor del puro, arrastrando sus lorzas verrugosas por el suelo. Su mirada matóme, pues como todo el mundo sabe los poderosos no gustan nada de oír opiniones disidentes o críticas con sus proyectos. Casi oí reír a mi vera al marinero hideputa que habíame tirado de la lengua, pues pagaba conmigo, grumete recién llegado, lo que había recibido él cuando el vetusto cineasta apoltronado, director del tal film, le humilló y apaleó públicamente tiempo atrás, por no hacerle la pelota. No es ello coartada que le exima de mi venganza, claro, pero como mi lista negra siga aumentando a este ritmo, no habrá balas suficientes y habré de emplear mi famoso brazo ejecutor.
Cuando me despedí de la tripulación el gusano especialmente hideputa, vil como él solo, lanzóme una sonrisa, y yo se la devolví porque aún no había atado cabos. Sólo volviendo en el coche, en el atasco, entre el humo y los hierros de esta ciudad estruendosa, se ha hecho la luz en mi cabeza y he descubierto el ardid. La he emprendido a golpes con guantera, volante y claxon, y hablaba como de Niro, increpando a un enemigo imaginario hecho de aire.
¿Qué se supone que he de hacer ahora con este instinto asesino? ¿Jugársela a su estilo de cortesano marica y tramposo? ¿Es más digno eso que agredirle y estrangularle con su propio cinturón? Si me comportare de tan caballerosa manera, sin duda acabaría preso, y es que aquí no se valora la verdad incontestable del fierro, ante la cual palidecen cotorreos y blablablás. ¡País de gañanes!
Al llegar a casa fuméme un porro que robé a un niño, de camino, y es cierto que me costó conciliar el sueño y me revolví por largas horas en una maraña de sábanas.
lunes 5 de mayo de 2008
Brevas Caídas
Apenas entré en el coche busqué desesperado el emepetrés, que así escrito suena a saltapatrás, a abrazafarolas, a quíteme allá esas pajas. Conectélo a mi aparato radio con precario cablerío, que a ratos rompe el sonido con chasquidos y carraspeos, y palpé los botones a tientas al tiempo que arrancaba el motor, para hacer sonar el bello tema principal de El Resplandor. Sus ominosos y atenazantes gemidos inundaron mi vehículo y distribuyeron calma por mis venas pustuladas, pude por fin respirar, volver a mi tormentoso ser, el cual me había visto obligado a castigar al rincón de mi cabeza.
Venía de la que hasta ahora ha sido mi primera experiencia comercial, corrupto simulacro de la interacción humana. Una reunión entre mi lúbrica y carnal jefa y otra envra que venía a vendernos espacio publicitario en una revista, y era de sensualidad algo más basta, pero igualmente viva y follable, al menos en mi tarada cabeza de abstinente y pajillero. Se confesaba madre reciente, condición que siempre me hace pensar en placentas desgarradas, licuores vitales desparramados, presas rotas y mareas desbocadas en cuyas aguas van arrastrados pequeños y arrugados seres que chillando demuestran justísima indignación por haber sido convocados sin previa consulta a esta aburrida vida de humano. Pero no traía al hijo, por motivos obvios habíalo abandonado a su suerte en alguna guardería que como nos contó consumía gran parte de su sueldo y la obligaba a emplearse con aún más ahínco y sacrificios, en lo que no dejaba de ser un magnífico ejemplo de la habitual esquizofrenia urbana.
Yendo para allá tuve ocasión de hacer de chófer de mi jefa, la cual no ocultó su escándalo al ver una imponente hez aviar en el centro mismo de mi capó. Era éste truño monumental, digno de cóndor, qué digo cóndor, ave Roc o incluso pterodáctilo; desaprensivo plumífero en cualquier caso que tuvo a bien la noche anterior posarse sobre la farola que hacía sombra sobre mi coche, para descargar sobre él el fruto de sus entrañas, fruto que, una vez petrificado, dio en arraigar sobre la pintura convirtiéndose en un magnífico coprolito que no había forma humana de limpiar. No es que me esfuerce sobremanera en la higiene de mi vehículo, pues pienso que el polvo del camino honra a la bota que lo ha hollado, pero viendo el gesto de repulsión que agarrotó la cara de mi jefa, me avergoncé, debo decirlo. El caso es que de camino tuvimos una serie de confidencias, por las que me enteré que mi jefa planeaba abandonar el buque hundiente, decisión ésta de lo más juicioso, considerando lo dudoso de su futuro. La adulé sin asomo alguno de escrúpulo, asegurando que se la echaría en falta por su ingenio y saber estar. Pero en mi ínterin atesoré esta información, pues parecióme valiosa y útil. No sé aún cómo, pero seguro habría de servirme para urdir la treta que andaba planeando, ardid éste por el que el Comodoro Timorato sería pasado por la quilla y que me serviría para lograr manumisión.
Una vez aparcados y llegados a la reunión apenas hablé. El grueso de mis energías concentrábanse en componer gesto amable y comprensivo, apuntalar la sonrisa y asentir maquinalmente con la cabeza a un ritmo que casi cronometraba, mientras bajo la mesa, a salvo de miradas indiscretas, me toqueteaba el bubón de la ingle, ponderando un hipotético cambio en su tamaño. La mi jefa llevaba la voz cantante y hábilmente guiaba la conversación hacia su meta: conseguir de la madre reciente un favor que nada tenía que ver con el supuesto propósito de la reunión, la presunta compra de espacios publicitarios en una revista para cineastas y otros afeminados. Venía así la madre engañada, y compadecíme de ella, pues además había equivocado la dirección, llegaba tarde y escasa de aliento, y veíase obligada a hablar en un idioma extranjero. Parecióme además que realmente nos tenía por amigos, ignorante de que teníamos órdenes expresas de no aceptar ninguna de sus ofertas y en cambio conseguir mediante ardides y engañifas que nos hiciera una determinada gestión.
Bien pensado, esta situación erizada de dobleces debería ser el sueño de un paranoico como yo, que acostumbro a manifestarme de una manera contraria a mi carácter de natural aberrante, sirviéndome de pantomimas y simulaciones por las que finjo normalidad y solvencia. Pero odio que lo hagan los demás. Tengo gran estima a la mentira, y es éste afecto sincero y de toda la vida, por eso me incendian los celos cuando veo a otros servirse ocasionalmente de mi amada como cruel herramienta con la que hurgar en el alma humana y extirpar cosas della.
Debo admitir además que me invadía una cierta frustración. Yendo a esa reunión habíame asaltado el temor de que mi jefa me insinuara algo con perfidia, desde el asiento del copiloto: Mostrarme seductor, ofrecerme carnalmente a la otra en sórdido mercadeo. Y si llegara el caso: Satisfacer por tanto a esta madre en cualesquiera forma que tuviera a bien desear, por depravada y blasfema que fuere. Estas esperanzas fueron como digo frustradas, pues el encuentro se resolvió con medias tintas y descafeines de lo más civilizado. ¿Era aquella la pecaminosa bohemia de que la farándula presume? Yo que me esperaba un pandemonio de vicioso y truculento desenfreno, me encuentro tomando café a media tarde frente a una sancta mater de brevas caídas. Vivo convencido, y cada vez más, de que poco se puede esperar de este mundo de mediocres y timoratos, ignorantes de la gravedad de la vida. La prudencia no es más que un ir tirando, es en la desmesura donde se encuentra el genio verdadero: he aquí por qué Tejero fue y será un ridículo, mientras que el Coronel Kurtz es ya una leyenda intemporal.
Luego, ya aparcado el coche, calmado el espíritu merced a la tonadilla antes mencionada, de vuelta en suma a mi cabeza; me descubrí siguiendo un portentoso culo de jóvena que caminaba sostenido por piernas dignas de gacela, animalesca imagen que venía subrayada por el pelo ocre de sus botas de corte medieval, y rematada por una coleta rubia y respingona que saltaba con donosura al ritmo de su trote juvenil. Conjunto éste que como cabe suponer produjo fuego devastador en mis entrañas. Invadido el bajo vientre por el impulso bárbaro de tomarla al asalto, recorrí empero el camino habitual de vuelta a casa y la perdí de vista en una esquina, mediocre ciudadano yo también.
lunes 28 de abril de 2008
Calvo de cultivo
He caído en la cuenta de una cosa terrible: este mi nuevo entorno laboral en el que hace poco cumplí tres meses de diáspora me está haciendo daño a la cabeza. Este es el caldo de cultivo en el que se cuecen los psicópatas, no me cabe duda. Si no adopto una estrategia pronto, me veo el lunes verdaderamente alunizando, estrellando el coche contra la oficina, o algo peor.
Sólo hay una forma de que un recién llegado grumete como yo consiga su manumisión: hundir del todo este barco fantasma. Arruinar la empresa, porque mi orgullo narcisista me impide ser despedido por incompetente, alcohólico o violento, cualidades todas por las que me distingo, pero que me jode que me recuerden. No, debo ser licenciado con honores, y es posible como digo que consiga mi propósito si juego bien mis cartas y aprovecho la tensa atmósfera que en esta nave se respira.
El ambiente está a punto para el motín. Ya de hecho hubo una huelga no hace mucho, que afectó por cierto a toda la flota corsaria de la que este barco forma parte. Nadie se enteró de dicho paro a pesar de que entre los buques de esta flota hay muchos que se dedican a traficar con señal de televisión, e incluso enormes fragatas que emiten siempre desde un punto distinto de la mar océana. Moviéndose para no ser abordados, huyendo como criminales, y mucho delito cometen pues no hacen sino vociferar mamarrachadas e infectar almas inocentes por todos los rincones del globo. Yo no lo creía, antes, me decía “quite, quite, no será para tanto” pero es así. Una flota que enarbola bandera roja y se proclama amiga de trabajadores, bohemios y afeminados, resulta estar comandada por filibusteros que de puertas para adentro muestran los modales de Jabba el Hutt. Hablo, sí, del infame pirata Cogesable.
No es éste enemigo con el que yo me pueda enfrentar, lo admito. No soy aún lo bastante diestro en el manejo del acero toledano, por más que lo haya probado en mis carnes, como buen científico loco, y en la cabeza de algún aspirante a consumidor de bebidas de cola. Pero no me es necesario batirme contra némesis tal, bastaría conseguir que sea linchado el Comodoro Timorato que gobierna (por decir algo) el buque hundiente en el que viajo. Y como digo, el ambiente es propicio.
Sólo tengo que urdir la treta adecuada. Es cuestión de tiempo que se me ocurra, así que esta noche puedo relajarme, hincharme a ginebra en mi hogar destartalado y mientras suena hortera música de coctel, bailar con mi gata haciendo caso omiso de sus arañazos y de la sangre que hacen brotar y gotea sobre mi mugrienta moqueta morada, donde quedará por siempre.
viernes 25 de abril de 2008
Uno de tantos
La mañana siguiente me la pasé en internet, buscando a ver si me topaba por casualidad con algún grupúsculo de cenacularios que se dedicaran a subversiones o disidencias varias. Siempre he tenido debilidad por estas logias y contubernios que brotan por todas partes, pústulas del mundo que abogan por el suicidio masivo desde Jonestown hasta Waco, con las que me hermana la negación de la verdad establecida y una cierta afinidad por las elucubraciones paranoides.
De hecho, no hace mucho intenté fundar una de esas sectas, con pésimo resultado. Partí de esta premisa: no hay en el Universo ninguna civilización extraterrestre que vaya a acudir a nuestro rescate, y como de todos modos el fin del mundo está cerca (apocalíptico axioma que no debe faltar en el ideario de ninguna secta que se precie de serlo) es necesario por tanto tomar la iniciativa y construir por nuestra cuenta una nave nodriza con la que escapar de esta cafetera que llamamos planeta, para desde los espacios astrónomos enseñar el dedo de en medio a los que quedaren en tierra.
No me fue mal al principio, logré de hecho amasar una pequeña fortuna en subvenciones, pero debido a la proverbial catetez que tradicionalmente ha caracterizado al íbero medio, me fue imposible encontrar entre mis compatriotas a un científico al que secuestrar, para forzarle después a construir tal nave. Mientras buscaba personal cualificado en las bárbaras tierras germanas, se me pasó el plazo, perdí las subvenciones y me expropiaron el valle donde había previsto construir el zigurat que haría las veces de plataforma de lanzamiento. País de moros…
El caso es que como es habitual no he encontrado ninguna revelación en los éteres virtuales. Que dicho sea de paso y según mi opinión, jamás llegarán a concretarse en el Cerebro Mundial que podrían ser si alguien diera un puñetazo en la mesa y se decidiera a tomar sus riendas. Lo de siempre como digo, así que bajé a comer con mis coesclavos, compañeros de trabajo, el resto de la tripulación, vaya, por volver a la alegoría náutica.
En el mugriento mesón donde hicimos fonda ya conocían a uno de nos, cabeza visible por su vozarrón cazallero y su costumbre de dejar propinas generosas. Y por trasegar pacharán tras pacharán a diario después de cada comida. Al parecer, eso le daba derecho a lanzar guiños cómplices a una de las camareras, con la que se mostraba luego zalamero y untuoso.
Siempre que me veo formando parte de esta u otra tripulación mi estrategia es clara: sentarme en un rincón arrebujado en mi capa, fumar de una larga pipa artesanal y taparme un ojo con un sucio vendaje para que me tomen por pirata mal encarado y me dejen en paz. Se me viene a las mientes ahora que ésta es conducta opuesta a la que manifestaba durante mi vida náufraga, cuando me conducía con brío y energía, atropellando a cualquiera que se cruzase en mi camino y olisqueando grupas femeninas por doquier. De esto se extrae una conclusión mil veces repetida: ser siervo es dejar de ser y suspenderse, en espera quizá de una feliz jubilación.
Se me viene a las mientes ahora y se me venía entonces, y me repetía para calmarme que en breve volvería a la gélida y puta calle, que en cuanto mis compañeros volvieran la vista acapararía cuantas riquezas cupieran en mis brazos en jarras y saltaría por la borda, y si me hundiera, mejor, pues de siempre se me ha dado peor nadar en superficie que caminar por el fondo.
Al final me liaron y acabé aguantando sórdidas confidencias frente a un agrio gin tonic que me soltó la lengua, y no sé qué les dije ni qué lastimoso bulo conté, pero desde entonces les odio más y me miran raro.
