martes 3 de noviembre de 2009

Progeria

Dos niños tomando zumo de piña en una terracita, perdón, en una mesa en la acera, porque de terraza ahí no hay nada, sólo la sombrilla, la mesa de hojalata, las mondas de panchitos en platos de porcelana, los vasos de tubo y los servilleteros que agradecen la visita para ahorrarle tamaño alarde de buen humor al camarero. No es terraza la cosa porque está a ras de asfalto, a pie de tráfico rodado, y en Reina Victoria el día es espléndido, hace sol de junio, hace calor a deshoras y se suda al caminar.

Dos niños tomando zumo de piña con dos abuelos, una pareja de abuelos, la hembra y el macho de la especie anciana, cabe destacar que ni éstos son sus abuelos ni aquellos sus nietos, están sentados como equipos de mus, los niños frente a frente, y los abuelos también. Están cerrando un trato, una conspiración contra natura: los niños quieren la vejez de los ancianos y los abuelos la juventud de los niños. El intercambio se hará con una cajita, una cajita como de anillo, una cajita de pedir manos. Al abrirla un rayo de provecto verdor ilumina el rostro del niño dominante, avejentándole de golpe, cruzándole la cara con décadas de arrugas, una pequeña cara de abuelo con gorrita.

Los abuelos, está claro, lo hacen por los setenta años de vida extra, de vida con pensión a costa de los contribuyentes, toda otra vida de viajes del Imserso y descuentos en el cine. No se sabe si es su primera vez o vienen actuando así durante siglos.

Los niños, en cambio, lo hacen por otros motivos. Uno de ellos sólo quiere dar un disgusto a sus padres, “pica” el telefonillo y sube las escaleras como puede, como le dejan sus ahora ásperos y correosos pulmones. Se presenta ante sus padres con ese cuerpo ajado y calvo, vapuleado por la edad (que no los años) y con voz decrépita espeta: creíais que me había escapado, creíais que quería morirme para que escarmentárais todos, pues bien, no vais tan desencaminados ¡me he quitado setenta años de vida de golpe! Se los he dado a una anciana, Jorgito y yo se lo hemos dado a unos abuelos que hemos conocido por internet, así aprenderéis, ahora vais a tener que consentirme cualquier capricho por lástima. Voy a daros una muy intensa pena ¡una pena abisal! Mis últimos deseos son helado de chocolate y la güi. Los padres, a coro: Hijo mío lo que quieras, pobre hijo mío qué has hecho.

Al otro niño, al niño dominante, se la sudan sus padres, sólo quería ser mayor y no ha sabido tener paciencia. Como era de esperar nadie cree que sea un adulto, la auténtica vejez no es sólo arruga, lunar y cana, la auténtica vejez afecta a todo el esqueleto, alarga los huesos de la cara, hace crecer gibas y verrugas, otorgando un aire elegante en general. A diferencia del físico infantil, cada cuerpo anciano es distinto y sorprendente, es el cuerpo humano completo, desarrollado hasta su más excelente expresión y en toda su gloriosa diversidad. Nada de ésto tiene el cuerpo prematuramente avejentado de Jorgito, pero igualmente los parroquianos se apiadan, quién le diría que no a un niño con físico octogenario: tenga Don Jorge, su vermú, cambio para la tragaperras y una caja de puritos, de los buenos, que no se diga. ¿Unas olivas, Don Jorge?

Don Jorge se caga en dios con voz atiplada y cazallera, para luego esputar el mondadientes que hábilmente blandía entre sus morros arrugados, con tal pericia que le atina al camarero en la pupila.

jueves 8 de octubre de 2009

La grieta

Hay una grieta en mi dormitorio, una escarificación de la pintura que recorre como un latigazo oblicuo la pared que tengo a mano izquierda cuando duermo. No es una grieta del muro, es sólo la pintura, blanca y lisa, que ya estaba desgarrada de este modo cuando vine a vivir aquí, mucho antes de que me adueñara de la habitación grande donde se encuentra, la grieta. Como una herida que sólo hubiera rajado la piel, sin dañar el músculo, esto pasa a veces, una vez tuve que escoltar a un compañero de clase que se había hecho algo parecido, un desgarrón provocado por la cabeza de un clavo que sobresalía en clase de gimnasia, le abrió la piel del muslo sin que se derramara una sola gota de sangre, podía verse el músculo en carne viva, cubierto de una fina capa de grasa que hacía como grumos en la carne. El muchacho sujetaba los pliegues de la herida temiendo que esa nueva boca se le abriera aún más, y yo le acompañé hasta la enfermería, pero ya digo que no vi ni una sola gota de sangre.

Pues así la grieta. La pintura se ha retraído también, como aquella piel, pero de un modo no tan elástico, se ha combado como los labios cuando hacen anillos de humo, a lo largo de toda la irregular extensión de la grieta. Esta orografía forma unas sombras bastante inquietantes cuando enciendo la lámpara de cabecera, situada justo debajo, y da en general un aspecto desaseado a mi alcoba, por eso me he animado alguna vez a cubrirla con un poster, un poster de Apocalypse Now en este caso, el problema es que el poster queda abultado por las crestas de esta sierra de pintura desconchada.

Por fin me he arremangado y he movido la cama para poder arrancar los pedazos de pintura muerta de la pared sin manchar demasiado. Es muy parecido a lo que hago cuando desbrozo los desastres que me causan los eczemas de la piel. Los del pie, por ejemplo, es un auténtico placer pellizcar las costras de piel reseca que dejan a su paso, arrancarlos y dejar así respirar a la piel nueva y reluciente que hay debajo. Era un placer, mejor dicho, ahora ya se me han pasado, pero volverán, no me cabe duda, aparecerán otra vez en alguna otra parte al azar de mi anatomía. Es un fenómeno curioso, si bien molesto los primeros días, cuando pican, cuando supuran ese liquidillo traslúcido ocasionalmente teñido de rojo, pero luego la cosa encallece y al final se seca, y se puede raspar la costra de piel muerta, blanca y quebradiza, se puede raspar esa vejez como la corteza de un chopo, y debajo está el tejido joven, renovado, listo para la acción y si cabe más sensible a los estímulos que la piel anterior.

Nada de esto ocurre, por desgracia, en los muros de una casa. No hay regeneración, aunque sí estratos. Compruebo a golpe de espátula que a la capa de pintura plástica, blanca y lisa han precedido otra celeste, que se deshace como polvo, y otra de color verde pastel, color quirófano. Temo incluso que no haya ladrillo, que este muro sea todo capa y capa de pintura, piel sobre piel sin carne ni hueso que valgan.

Voy a tener un problema con esta pared. Voy a tener que pintarla toda, no hay poster que cubra el destrozo que estoy provocando, era la típica cosa que mejor no tocarla. Pero es que estaba harto de verla cada vez que me tumbaba en la cama, el resto de mi casa, salvo quizá la cocina, bueno, dejando aparte la cocina mi casa es pasable, pero había que hacer algo con esa grieta en la pared, y ahora que estoy en ello no puedo dejarlo a la mitad. He cambiado los muebles de sitio, claro, para poder trabajar tranquilamente. Pero no es un hecho aislado, he movido los muebles varias veces ahora que paso tanto tiempo aquí metido. Me acuerdo, claro, de El Ángel Exterminador, dejo de raspar, de hecho, y miro el umbral de la puerta, preguntándome si podré salir ahora que he cambiado de sitio los muebles. Y sí, puedo ir al salón, pero lo cierto es que no salgo de casa, no tengo por qué, claro, ya bajé la basura ayer, sería estúpido salir a la calle sólo para comprobar que puedo hacerlo. Pero es que no sólo he cambiado el dormitorio, también he movido todos los muebles del salón. Varias veces. Y desde que lo he hecho no me ha pasado nada bueno. Sería terrible que el modo en que dispones la cama, el sofá, la mesa, la butaca de leer, que todo eso influyera en lo que te va a pasar. Que todo, y con todo me refiero a todo, fuera una enorme cerradura en la que sólo una determinada combinación permite salir, pasar a lo siguiente.

Sí, sería terrible, por suerte no es así, no que yo sepa. Sigo raspando. Debajo de la capa verde pastel, verde quirófano, hay algo más duro, algo que no es pintura. La espátula chirría sobre una especie de azulejo mate, una especie de baldosa, con bajorrelieves. Tengo que raspar bastante antes de ver la primera figura.

Se trata de jeroglíficos. Una forma de jeroglíficos que no reconozco. No es que sea un experto, que más quisiera. No me encaja, nada de esto. Conozco algo acerca del pasado de mi casa, y no tiene nada que ver con jeroglíficos. Vivo alquilado en un rincón de lo que antes fue una mansión, aún conserva el patio delantero, un pequeño patio con árboles, y las caballerizas que había detrás son ahora un descampado en el que nadie ha tenido cojones de edificar aún. Antes en este descampado había un grupo de sudamericanos que venían a beber por las noches, había juergas debajo de mi ventana, había jadeos sexuales sacados de su tropical contexto, había tipos a las nueve de la mañana mamando de un cartón de vino y hablando por el celular, había colchones sobre los que dormían en verano y bajo los que se refugiaban cuando llovía en otoño. Luego el dueño del solar movió sus hilos y desde entonces sólo hay gatos o pájaros, pero nunca ambos a la vez. Los gatos forman una pequeña banda de tres felinos sucios y desaliñados y los pájaros se agrupan por especies, gorriones aquí, palomas allá y urracas algo más lejos. Nada que ver con jeroglíficos, como digo.

Me lleva varias horas raspar la pared entera. Toso mucho, tengo la piel sudada y cubierta de polvo blanco, celeste y verde pastel. Estoy cansado. Tanto que no me importa que la cama esté junto a la pared equivocada, me tumbo y sin desnudarme siquiera me quedo dormido, con la espátula en la mano.

Me despierta la gata, como tiene por costumbre. Esto es, clavándome su garfio entre los dedos pulgar e índice, si tiene sentido hablar de índice tratándose de los dedos del pie. Es el modo en que suele despertarme cuando no he dejado comida suficiente en su tazón la noche anterior. Aún no ha amanecido, no entra más que la luz de las farolas por la ventana. Sólo cuando me giro veo la pared plagada de jeroglíficos, la había olvidado. Como cada vez que me despierta la gata, sea con un certero aplique de sus garras o con su ruidoso (e intencionado, estoy seguro) revolver en el cajón de arena, ya no me puedo volver a dormir. Menos aún ante la visión de la pared despellejada. Enciendo la lámpara de cabecera, recupero la espátula de entre las sábanas y estudio el modo de atacar la obra. Opto por golpear con el mango uno de los azulejos, seamos serios, esta capa tampoco es presentable, por mucho interés arqueológico que pueda tener. Pero no es como raspar pintura, se trata de baldosas de un cierto grosor y antigüedad indeterminada, así que no puedo sino golpear con el mango de la espátula hasta resquebrajar uno de los azulejos.

Por entre sus grietas brota un líquido acuoso, supura un liquidillo traslúcido ocasionalmente rojo.

Hecha la quiebra puedo despegar los pedazos de la baldosa jeroglífica, y bajo ellos encuentro carne viva, músculo fibroso, surcado de venas palpitantes y cubierto de una fina capa de grasa que hace como grumos en la carne. Suda, manchado de polvo, y se estremece a los estímulos que le proporciono con el pico de la espátula. El polvo me hace toser mucho, y sin querer hinco demasiado la espátula en esta carne interna del muro, y al instante la casa entera cruje, recorrida por un espasmo. El techo, seguramente también el suelo, bajo mi mugrienta moqueta morada, se ha resquebrajado. Hay grietas por todas partes, no sólo en mi cuarto, también en el salón y en la cocina.

Despunta el alba cuando dejo caer la espátula y vuelvo a la cama. No paro de carraspear. Tengo todas las capas de pintura que he raspado cubriéndome la piel y los pulmones. Respiro a duras penas, y oigo el aire sisear entre mis alveolos cubiertos de ceniza y polvo. Me noto cristalizar. Solidificar. A cada inspiración o exhalación mi cuerpo cruje. Lo más doloroso son las aristas, las esquinas. Mi organismo, empapado de yeso y cal coloreada, está adoptando en su interior formas cúbicas, o de paralelepípedo. Mi garganta es un pasillo, mis pulmones salones polvorientos, mis venas cañerías de plomo, mis dedos contrafuertes que se asientan sobre el colchón. Pronto soy incapaz del mínimo movimiento, me noto pétreo, pesado.


-Aquí tiene, señor, los planos de su mansión. He tenido a bien darle forma de cuerpo humano. Las caballerizas representan la mitad inferior del cuerpo, señor, las habitaciones del servicio el pecho y los brazos, y sus aposentos, señor, serán la cabeza.
-Muy bien, muy bien, pero ¿cuándo podré instalarme?


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lunes 21 de septiembre de 2009

Al río

El viernes pensé que, ya total, de perdidos al río. Había llegado a ese punto en la vida de todo hombre en el que nada es siquiera mínimamente satisfactorio y cualquier idea o plan de acción resulta odioso, de modo que uno no encuentra placer ni empleándose en actividad alguna ni tampoco estando quieto. Situación tormentosa e insostenible donde las haya, que por suerte alcanza su desenlace natural al llegar el humor espíritu a un determinado punto de ebullición. En mi caso, estos cien grados centígrados los vino a marcar la vecina de enfrente.

Fue un grato descubrimiento, ya que hasta entonces la ventana que hay al otro lado de la calle había enmarcado la anodina vida de un individuo un tanto fofo y dado al nudismo, como bien he tenido ocasión de comprobar este verano, ya pasado. Un individuo en suma cuya visión no me aportaba nada, y me inducía más bien a correr las cortinas de mi propio salón, para poder despatarrarme cómodamente y admirar las evoluciones de la felatómana de turno en la pantalla de mi computadora.

Grato descubrimiento, digo, comprobar que este individuo anodino había sido substituido mágicamente por una hembra bien proporcionada, que paseaba por aquel cuarto con una lata de cerveza en una mano y el celular en la otra, encorvada hacia ese lado la cabeza. Era una visión estimulante, es agradable observar sin ser visto la intimidad ajena, siempre que uno se la encuentre sin buscarla, por accidente. Porque si hubiera sacado mi tomavistas (algo que consideré por un momento) y lo hubiera utilizado a modo de catalejo, en ese caso no sería más que uno de esos pajilleros que se entregan con fruición al espionaje, al goce perverso de ser intruso etéreo y cobardica, más excitado por su propia vileza que por la escena que vagamente atisban.

La muchacha no paraba quieta, de modo que pude hacerme una idea bastante clara de sus formas y proporciones. Su ropa de andar por casa, su ropa de ponerse cómoda, le daba un toque entrañable y hogareño a la escena, amén de mostrar generosamente su físico esbelto y flexible, el aire casi equino con el que caminaba de acá para allá, era un trote de yegüa, ciertamente, esa forma de sentarse y dejar la cerveza para retomarla levantarse enseguida era inconfudiblemente ecuestre y me tenía hipnotizado.

Yo mismo llevaba ya algún combinado que otro entre pecho y espalda. Aquella visión me había inspirado nobles y elevados sentimientos, por lo que sin dejar de disfrutarla eché mano del celular y fui marcando los números de varias personas con las que hacía más o menos tiempo que no hablaba, a fin de comprobar si seguían vivos, habían cambiado de ciudad o tenían algo que hacer aquella noche.

Apenas tuve respuesta del hermano de su hermana, esa hermana de belleza indescriptible, esa singularidad fisonómica que desafiaba las leyes de la biología y provocaba espontáneamente alteraciones del orden social en su derredor; apenas tuve respuesta de este amigo, salí de casa.

Y allí estaba ella, con unos cuantos sujetos más, en casa del hermano, a quien saludé brevemente. Supe que aquello acabaría bien en cuanto ví el modo sutil en que ella se había erguido al verme llegar, como un resorte. Erguirse en el sillón estando sentada es un síntoma indiscutible, cuando al aparecer uno determinada hembra hace algo así, se retoca, se desencorva, y no digamos si se pasa la mano por el pelo, entonces uno sabe que no ha de tener clemencia.

Hubo un bar después pero la saqué de allí en cuanto tuve la más mínima ocasión, no había salido de la comodidad de mi bien abastecido hogar para beber matarratas y sufrir lesiones auditivas en un agujero sórdido, mugriento y sacacuartos. No protestó, por supuesto, pero aquella fue la primera de sus caras raras. No quiero decir que todo el mundo sea igual, ni muchísimo menos, de hecho tengo una muy elevada opinión de lo aberrante, pero diría que era de ese tipo de chicas. Ese tipo de gente, diré para ser justo, que tiene una idea tan nítida como abstracta del modo en que se deben suceder las cosas, del modo en que ha de tener lugar el cortejo en este caso. Cuando te desvías de ese recorrido una primera vez, lo aceptan, pero ponen cara rara. A eso me refiero.

La segunda cara rara salió a flote nada más entrar en mi casa, al recibir la bella una vaharada procedente del cajón de mi gata, el cual, debo decir para mi descargo, había limpiado apenas dos días atrás.

Las caras de extrañeza no suponen un problema de por sí, en realidad se trata de sanas manifestaciones de perplejidad y sorpresa, y no necesariamente de desaprobación. Al parecer y de algún modo ella encontraba atractiva toda esa suciedad, mi suciedad, el hecho indiscutible y probado es que no se marchó, al contrario, aceptó un combinado más. Hablábamos, pero no sabría decir de qué, no hubiera sabido decirlo aunque me hubieran preguntado en aquel mismo momento. Yo no prestaba la más mínima atención y supongo que ella tampoco, de lo contrario se habría aburrido mucho y me habría tomado por memo sin duda. Quiero creer que ella estaba igual que yo concentrada en sus propias y muy turbias fantasías.

De hecho lo que me enardecía era precisamente imaginar lo que podría estar tramando su hermosa cabecita, el escándalo que podría estar provocando en su bajo vientre el descubrimiento repentino de que el asco y el deseo pudieran darse la mano, cuando no metérsela mutuamente.

Se comprende ahora que al estar abstraído en dichas especulaciones no prestara atención a lo que decía u oía, esto es, a la conversación en sí. Pensaba más bien en el grito que soltaría ella si descubriera que yo, por ejemplo, me había cagado encima, en ese mismo sofá, pensaba en cómo me llamaría cerdo y el modo en que, eventualmente, se empeñaría en limpiarme.

Esa idea estaba animándome cada vez más. Allí sentado, a menos de un metro de sus piernas, de su carne acalorada por los etilos, esa idea está animándome cada vez más.

En mitad de la charla y los güisquis intento encender un cigarro y el “zippo” no quiere prender por mucha chispa que le arranque. No me lo he comprado yo, fue un regalo, igual que mi gata, y al igual que como ocurre con mi gata tampoco me parece bien deshacerme de él sin más. Tengo mecheros normales en casa, pero me encanta el olor del combustible así que saco el bote y lo recargo, voy ya borracho, y al vacilar me empapo la mano con la que sostengo el mechero, toda ella despide un penetrante olor a gasolina, o queroseno, o lo que sea este líquido inflamable que me chorrea por dentro de la manga.

Como le estoy dando la espalda en todo momento, hago como si nada hasta que me enciendo el cigarro, entonces mi mano entera prende como una antorcha. La visión de mi mano en llamas es fascinante, hipnótica, pero no pasa una milésima de segundo antes de que mi piel chille una orden muy clara que no puedo sino obedecer, metiéndome la mano bajo el sobaco y sofocando así las llamas.

Entonces ella ríe, está borracha, pero en lugar de preocuparse por la quemadura se ríe, así que le cruzo la cara con la misma mano que me acabo de abrasar, lo cierto es que no dejo que se note pero me pica bastante más a mí que a ella.

Me mira de esa manera. No me insulta, no se levanta y se va, sino que se queda sentada en mi sofá y me mira de esa manera. Tan indignada como excitada. La agarro del brazo y la llevo al dormitorio, ella forcejea y gime, pero no llega a protestar en serio. La tiro sobre la cama y la desnudo, me he cargado su vestido, su mierda de vestido que parece un saco, si fuera uno de esos vestidos ceñidos que ya no se llevan no se rompería, habría que despegarlo como el pellejo del chorizo, pero ya digo que no es así, es un vestido fino y suelto, pensado para que lo desgarren. No lleva bragas ni sujetador, ni falta que le hace, todo está donde debe estar y más allá, es una florecilla frágil y hermosa y yo voy a gozar pisoteándola.

Entrar es genial. Sobre todo por la cara que pone, es lo que llevaba deseando toda la noche, no lo digo yo, son sus propias palabras. Y me la follo como si quisiera echarla a pollazos de su cuerpo, quitarle el sitio, adueñarme de su carne. Me la follo con todo mi rencor.

No me basta, claro, enseguida se me ocurren cosas, otros modos de revolver su perfecta cabellera, voy muy borracho, de no ser así intentaría complacerla pero ahora sólo me interesa pasarle por encima como un tren, borrarla de la faz de la tierra. Asfixiarla con mi polla, oír sus arcadas, quiero que vomite sobre mi cama, quiero despertar cada día con los restos del olor de su vómito exquisito, y sonreír.

Sin embargo por el culo le parece mal. Por primera vez se resiste de verdad, patalea, me pega muy fuerte con su talón en la boca, yo sigo intentándolo, no me enorgullece decirlo pero en el fragor de la batalla uno pierde los modales fácilmente, hasta que me sacude una coz en la nariz que pica como una raya de sosa caústica y me hace retroceder.

Tiene suerte de que no hubiera llegado a atarla. Se viste chillándome cosas, tirándome la lámpara, el tablero de ajedrez que tengo en la mesa del dormitorio, mis propios zapatos, en fin, está cabreada.

Le digo que se largue pero ya lo tenía decidido. Tras un portazo todo vuelve a la normalidad. Sólo espero que no se encuentre con ningún grupo de borrachos, es viernes por la noche en mi barrio de negros y uno puede cruzarse con gente complicada, y ella es muy, muy guapa, no lo olvidemos, y viste una especie de saco desgarrado. Sólo espero que encuentre un taxi a tiempo.

Supongo que en el mejor de los casos el hermano de esta hermana ya no me hablará, supongo que ya no veré a esa fracción de mis amistades. Pero ya total, de perdidos al río.

viernes 18 de septiembre de 2009

La macchina

Buf. La resaca ha sido brutal hoy, ha habido tembleques y todo, por la mañana ha sido espantoso, luego he comido y ha ido mejor, pero tampoco mucho mejor. Ella estaba ausente, llevaba ausente varias horas. Hay que explicar que me refiero a su estado en el chat, donde ausente significa ausente de verdad. Todo ha sido tan estúpido como siempre, pero con la aspereza natural de la resaca, esa lucidez tan física, tan pesada, etc, etc.

He vuelto a ver la tele. Es una experiencia curiosa cuando estás acostumbrado a vivir sin ella, aunque sigues viendo lo que te interesa, claro, películas y series, todo eso está al alcance de la mano y limpio de toda broza. Pero eso no es ver tele, ver tele en realidad es más bien como fumar una pipa de crack, hay un poco de eso ahí. Nunca he fumado crack, si tengo que ser sincero, en realidad estaba pensando en otra cosa, en un artefacto que utilizábamos a veces para fumar marihuana, pero pipa de crack es una expresión plena de bellísimas y muy apropiadas connotaciones, y por eso la he usado. Se trata de fumar mierda, de castigarse el hígado, pero no me estoy explicando y me apetece hablar de aquél artefacto para fumar marihuana, me gustan estas recetas, me gustan las instrucciones para construir cosas, objetos con aplicación práctica.

Hacen falta dos botellas de plástico, lo ideal es tener una de dos litros y otra de litro y medio, también hace falta algo que corte bien y un pequeño filtro metálico que encaje en la boca de la botella más pequeña, para esto vale perfectamente el filtro de cualquier grifo, de la cocina, del lavabo, se pueden desenroscar muy fácilmente. Y si se limpian bien después de la toma, pueden volverse a enroscar y nadie notará un sabor extraño en el agua.

Hace falta algo que corte bien porque hay que amputar la parte superior de la botella grande y la parte inferior de la botella pequeña. La idea es que la pequeña pueda introducirse sin problemas dentro de la grande. La idea es llenar de agua la botella grande, colocar el filtro que he dicho en la boca de la botella pequeña, que a su vez se sumerge (no del todo) en el agua que contiene la botella grande. La idea es colocar la cantidad de hierba que se desee en el filtro metálico, sumergir lo más que se pueda la botella pequeña, a la que a partir de ahora me referiré como émbolo, sumergir digo lo más que se pueda el émbolo en el agua, sin que la hierba llegue a mojarse, claro. Entonces se aplica una llama a la marihuana y mientras ésta se consume, vamos subiendo el émbolo, de manera que su interior se va llenando de humo por aquello del horror vacui. Entonces se quita el filtro con las cenizas de hierba y se tapa la boca del émbolo con la mano para que no se escape el humo.

Este es el momento en el que los muchachos están expectantes y sueltan alguna risita que otra, es un juguete divertido, una buena aplicación práctica de los conocimientos adquiridos, si hay algún adolescente leyendo sugiero que lo proponga como ejercicio en clase. Personalmente opino que tiene más gracia construirlo y verlo funcionar que utilizarlo, pero bueno. La macchina, lo llamábamos.

Entonces empieza la toma propiamente dicha. El primer valiente aplica los morros a la boca del émbolo y chupa al tiempo que lo hace descender hasta el fondo, tragando todo el humo que había en su interior. Evidentemente su valentía depende de la cantidad de fumable que se haya colocado en el filtro, nosotros teníamos una bolsa grande como un cojín, toda llena de hierba, no racaneábamos en aquella época, así que una migajita de valor sí había que echarle. Enseguida el primer valiente se yergue, y pasa la macchina a otro, que se dispone a ejecutar toda la operación desde el principio. Pasa el testigo porque el segundo está ansioso y quiere probar también, y porque enseguida este primero empieza a toser violentamente, algunos se apoyaban en algún árbol cercano para vomitar. Todo esto, claro, a los demás nos daba mucha risa y ganas de probar.

Por eso digo que cada vez que llego a una casa donde hay un televisor y lo enciendo, la experiencia me despierta estos recuerdos. Por eso decía lo de la pipa de crack, el flujo audiovisual que sale del aparato es un poco así, un poco machacarse, dejarse ametrallar, el placer de ser punching ball. Me gusta esa idea, me gusta la idea de esa inmensa mayoría, niños y viejos, solos o en familia, todos consumiendo cada día grandes cantidades de esta droga dura. Puede que no haya humo involucrado pero no me negaréis que muchas veces dan ganas de vomitar.

Pido perdón, pero es inevitable que analice y critique el mensaje. La atmósfera de esa ilusión, porque no hay realmente un mensaje, ya digo que es un flujo, ver la tele es exponerse a una corriente que te pega directamente en las tripas, un flujo incoherente y continuado, un trance. Primero el telediario, un estofado hecho con los peores momentos de la vida de alguien, cada día una o varias personas pasan el peor momento de su vida, el telediario selecciona estos momentos y nos los ofrece en una bandejita como si fuera pescado crudo. Luego están los anuncios, la argamasa guijarrera que lo une todo, casi todos parecen estar orientados a despertar el deseo, y eso está bien, el problema es que son muy cortos, y enseguida viene otro que te provoca otro deseo distinto o va dirigido a otro sector de la población con el que uno no congenia, empieza uno a sentirse mal, a no saber de dónde vienen los golpes. Hay belleza, y deseo, pero está despedazado. También los hay maternales, hay anuncios que simulan el amor viscoso y asfixiante de una madre. En fin, están ahí para hacer que creas que necesitas cosas, están ahí para convencerte con persuasivos argumentos y chantajes de que les necesitas, por eso decía lo de maternal.

En fin, perdonadme. No me gusta criticar, no me gustan las críticas. Si hay algo que no te gusta, no lo critiques: deja de hacerlo. Sé que no es un gran consejo pero es toda la moraleja de la que me siento capaz, me cansé de criticar la tele y en general la estupidez ajena, me cansé sobre todo porque para criticarlas había que prestarles atención, así que ahora me regodeo en mi propia estupidez y me la machaco sin molestar a nadie y esperando que alguien encuentre de utilidad lo de la macchina.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Valle de lágrimas

Me duele el cuello otra vez. Mierda de cuerpo, todo el rato igual, cuando no es el cuello es la muñeca, o la espalda entera. Mierda de vaina orgánica defectuosa. Se siente uno preso, al cabo del día, cada vez que hay que ir al baño, cada vez que hay que comer o irse a dormir.

A ver cuándo bajan un poco los precios del transplante neuronal. El otro día me enteré de que uno de mis antiguos compañeros de colegio se había transplantado, el maldito cabrón está forrado, era un auténtico inútil y es biológicamente imposible que no siga siéndolo, el tío me copiaba todos los exámenes, era incapaz de retener nada, se atascaba hasta con las tareas más sencillas, y ahora está transplantado, feliz y transplantado. El dinero, por supuesto, le viene de parte de padre. Ése fue todo su mérito, que papá aflojara la tela para pagarle los estudios, que le colocara al mando de una de sus empresitas inmobiliarias, así cualquiera, a sentarse a ver llover la pasta.

Pedazo de cabrón. Él transplantado y yo aquí pudriéndome en este miserable cuerpo de treintañero. Seguro que mis neuronas ya han empezado a degenerar, para cuando pueda pagarme un transplante, si es que alguna vez bajan los precios, habré perdido la mitad de la memoria. Al paso que voy.

Tampoco es agradable el hormigueo del culo, el otro día me caí al intentar levantarme de la silla y el médico de la empresa dijo que tenía el tejido del culo necrosado, una dolencia muy común que se soluciona con implantes de caucho, muy baratos. Esta dolencia se produce por pasar la mayor parte del tiempo sentado. Pero a eso me refiero ¿no es defectuoso un envoltorio que se deteriora al permanecer mucho tiempo sentado en una silla, es decir, en su posición natural? Pero lo peor, sin duda, son los crujidos de la muñeca, tengo que agarrar el ratón de un modo extraño para que no duela demasiado, a veces llego a desconcentrarme, pierdo la atención y olvido lo que de verdad estoy haciendo.

Me han mandado un vídeo de los altercados que ha habido estos días en la periferia. Los chavales la han emprendido contra todo lo que han pillado, lógico y natural, yo también he sido joven y si no puede uno emborracharse o drogarse ¿qué sentido puede tener esa etapa de la vida? ¿Cómo si no van a conocer la euforia, la alegría o la risa, si no es a través de las drogas?

No, deberían dejarles divertirse. Al fin y al cabo, esa etapa pasa pronto, uno consigue un trabajo y deja de salir a la calle, deja de ver a toda esa gente con la que trataba en su juventud. Aquellos no son los verdaderos amigos, los verdaderos amigos, los que siempre están ahí, con los que puedes contactar cada vez que quieras, son los del facebook. Es una de las cosas que se aprenden trabajando.

No se puede pretender que nuestra sociedad progrese si nos aferramos a esas formas rudimentarias y primitivas de interacción, el modo “cara a cara” es sin duda el más tosco de todos, la cantidad de información que permite transmitir es muy limitada, y además no puede uno elaborarla tanto como a través del ordenador, ni añadir imágenes y sonidos que complementen y subrayen lo que uno tiene que decir. Por no hablar de que sólo se puede prestar atención a una persona cada vez, y hay que contestarla inmediatamente, mirándola a los ojos, cuando no gesticulando uno mismo, derrochando una cantidad de energía que no va a ninguna parte. Es que me parece de cajón, vamos.

Mis dos últimas relaciones amorosas han sido a través del ordenador. Y han sido infinitamente mejores que aquellas torpes experiencias que tuvieron lugar en mi niñez y juventud. Cada uno sabe a lo que va, y no hay malentendidos, ni desilusiones, ni celos. Ni nada. ¿O me van a decir ahora que es mejor practicar esa gimnasia frustrante y agotadora que hacían nuestros padres para concebirnos? Cada cual se masturba, hay aparatos de toda clase ahora, hay aparatos alucinantes, si queréis os paso un catálogo, y cuando uno está por fin transplantado, ah, amigos, eso sí que es la gloria. Ni siquiera necesita uno ya su propio cuerpo.

El ser humano es alma. Es información. Su cuerpo ha sido siempre, desde hace milenios, una cárcel. El mundo en el que vive, un valle de lágrimas. El Progreso ha sido el duro camino que hemos tenido que recorrer para abstraernos de toda esa mierda.

Por eso lo que no entiendo es por qué no subvencionan de una vez los putos transplantes neuronales. Deberían hacer líneas de crédito especiales, al interés que sea, los años que sean. Joder, se tiene toda la Eternidad para pagarlos.

domingo 6 de septiembre de 2009

Performancé

Una de las actividades más difíciles de llevar a cabo estando desempleado es la de matar las propias horas en la soledad del hogar. Lo cierto es que no es tan distinto a trabajar, el problema es que se está solo y sin tarea, por lo que se tiende al delirio, el onanismo y la confabulación gratuita e injustificada.

Me pesa sobremanera reconocerlo, puesto que en trabajando sentía perder cada uno de mis minutos, cual gusano espachurrado por ocioso pulgar, y fantaseaba imaginando que, de ser yo libre y dueño de cada una de mis horas, habría de aprovecharlas mucho más. Pero el desempleo es harto parecido al trabajo de oficina, uno se sienta delante de su ordenador y hace el memo ratón en mano hasta que cae la noche. Como digo la diferencia es que ahora lo hago solo y en mi propio hogar, es por esto que a cierta hora cualquier rincón de mi casa me resulta hostil y salgo a la calle, a ser posible habiendo contactado antes con alguna de mis amistades.

Alguna de éstas mis amistades me llevó a un pseudoevento, técnicamente era la inauguración de una incipiente sala de teatro, pero lo que allí se cocía era la borrachera de unas cuantas decenas de personas, y poco más. Hubo, eso sí, una performancé, un pretendido híbrido entre pintura y música que resultó un tanto inconexo, un tanto indigente si hay que hacer honor a la verdad. Un tipo pintaba con tiza en una enorme pizarra negra sita en el escenario, al tiempo que otro individuo de aspecto sospechoso improvisaba con una batería. En contra de lo esperable, no había relación entre ambas actividades, y sí mucho calor, de modo que en seguida me ví sudando lo suficiente como para poder ausentarme aduciendo asfixia.

Debo ser justo, la experiencia no fue enteramente anodina. Es cierto que al ver dibujar al primer tipo no paraba de recordar esos garabatos que hace uno en los márgenes de la hoja, cuando se ve obligado a leer sin que medie interés alguno, y es verdad también que el presunto percusionista intercalaba sus espasmódicos golpes de baqueta o macillo con pitadas de un reclamo para patos que sostenía entre los labios, pero algo, creo que el silencio general, invitaba a divagar, a pensar en cualquier otra cosa. A fijarse en los hombros desnudos de la hilera de féminas que delante de mí se obligaban a observar el espectáculo y sacar algo en claro de él. Desde mi posición, y si se trataba de comparar creaciones, era imposible no decantarse por el acabado perfecto de los hombros de la hembra humana viva. Además, a los pocos minutos empecé a echar de menos en el público una actitud algo más crítica y participativa. La gracia del asunto hubiera sido haber vociferado todos, como se hace en los estadios y circos, indicando cómo hacer, o mejor dicho cómo no hacer el siguiente trazo.

-¡Ahí, ahí! ¡Así está perfecto!
-¿Ves? Ya la ha cagado.
-Pero ¿se supone que va a llenar toda la pizarra?
-Hace calor aquí…
En fin, en un momento dado alguien decidió que había que aplaudir, y sin duda fue una gran idea poner fin a aquel dislate. La rifa, en cambio, fue mucho mejor. Más natural, más fluida, no nos engañemos, este país tiene mucha más tradición de rifa, es un formato que se adapta mejor a un público de borrachos, incapaz de seguir la más sencilla trama y propenso a chillar a la oreja de su vecino frases que no tienen relación con lo que acontece en el escenario. Pues el caso es que me tocó, la rifa, pero mandé a recogerla porque yo no quería tener nada que ver con aquello, y al final el premio se lo quedó alguien por el camino.

Luego, y para cerrar después de un breve y perruno olisquear de las fuerzas del orden, una de las organizadoras hizo play-back en el portal. Y admito el neologismo porque si digo que hizo pantomima, que gesticuló y puso morritos al ritmo de la coplilla que procedía de un transistor sostenido por una de sus compinches, si digo eso no me lo entienden. Pero lo importante no fueron sus aspavientos de eufórico histrión, sino sus pestañas, unas pestañas postizas largas y pesadas, erizada de garfios curvos como luna casi nueva, como daga moruna, de brillo metálico también, a juego con el relucir herrumbroso de su sonriente ortodoncia. Eso era lo importante, tenía pestañas postizas, pestañas con ortodoncia.

No, no es importante, lo sé, pero aún menos lo fue el churretoso kebab que consumí después, o el despiste comunal por el que me quedé solo, en busca de un bar con nombre de borracho escritor, no sé, tenía curiosidad, debí suponer a tiempo que un reclamo tan fácil sólo atraería a los idiotas, pero si no lo supuse, enseguida lo pude constatar. Pero ya digo que tampoco esto es importante, ni cómo tuve que decirle al taxista que me dejara unos cientos de metros antes de lo debido porque no me llegaba el dinero así juntara toda la calderilla, ni cómo apuré delante del ordenador la colilla de un peta que hábilmente había robado al principio de la noche, en uno de mis arrebatos de cleptomanía oportunista.

Lo importante es que al tumbarme en la cama la eché de menos, eché de menos que estuviera allí. No sé. Si no es amor eso, echarla de menos cada vez que me tumbo en la cama, añorarla cada vez que yazco en el sofá con la tripa llena, o cada vez que me masturbo, la verdad, no sé qué es.

martes 18 de agosto de 2009

Fragmentos verídicos

Estreno bebida hoy, estreno bebida para dirigirme a ustedes. Es sólo que se me ha acabado la tónica y no tengo el estómago para beber ginebra a palo seco, así que la he mezclado con un zumo, un zumo de melocotón y uva que tenía en la nevera. Así es: ahora compro zumos.

Si les digo la verdad, está asquerosa. Pero no es eso lo que quería decirles. Hay quien sostiene que la pelusa que se forma en el ombligo humano es siempre de un color azul parduzco, independientemente de la ropa que se haya llevado puesta durante el día. Falso. Yo tengo una camiseta roja que deja pelusa roja en mi ombligo humano, cuando me la quito y me lavo los dientes (así es: ahora me lavo los dientes) delante del espejo, veo un hilillo rojo oscuro saliéndome del ombligo, está pegajoso por el sudor, como coagulado cuando meto el dedo índice con preocupación. Mi primer pensamiento es que se me ha desanudado el ombligo por dentro, y por eso sangra, desatado, aquel rudimentario zurcido que me hicieron al nacer, cuando cortaron mi cordón umbilical y lo cerraron con una pinza. Sería ésta herida de muy mal cerrar otra vez abierta, pero tampoco es esto lo que quería decirles.

Vengo de ver una película, y salvo por el dinero que he desembolsado para entrar en la sala, no he notado ninguna diferencia con las que veo en mi ordenador. La pantalla no se veía mucho más grande, dada la distancia a la que estaba situada la butaca, y el esperpento que en tal recuadro se ha desarrollado, bueno, del esperpento tampoco quiero hablar. Recuerdo con mucha más viveza el sonido y el olor de la bolsa de kikos que comía mi amigo acompañante, uno que en verano regresa de su exilio canadiense, un tipo de verdad estridente pero no mala persona, a quien la vuelta al hogar sin duda hace recordar tiempos mejores, porque no para de llamar todas las tardes para juntarse entre varios a beber. O a ir al cine. Pero sobre todo a beber.

Fue gracias a las labores diplomáticas de este sujeto por las que me he reenganchado a la sociedad de los humanos, concretamente a su faceta más amable, la de salir de juerga y alternar. Y nos acercamos por fin a lo que quería decirles.

Hay un tipo, no, no debería empezar hablando del tipo, debería empezar hablando de su hermana. Hay la hermana de un tipo, conocido de muchos años y tampoco mala persona, debería llamarle amigo si quisiera quedar bien con él, pero entonces quedaría mal con el diccionario así que diré mejor que si me pusieran una pistola en el pecho y me obligaran a redactar una lista con los nombres de diez amigos tendría que incluirle, para no quedarme corto. Bueno pues, este tipo tiene una hermana de indescriptible hermosura. Ni es una frase hecha ni ando escaso de epítetos, es realmente indescriptible su felino bellezón. No me explico como puede siquiera salir a la calle, vista la reacción que provoca entre los miembros del sexo opuesto, yendo estos miembros sólo ligeramente borrachos. Es un fenómeno digno de ser visto, el modo en que los machos de la especie se abalanzan embrutecidos hasta caer en su proximidad, para mantenerse entonces a una distancia prudencial de unos diez centímetros y empezar entonces un cortejo más o menos afortunado, basto por lo general. Un fenómeno como digo digno de ser visto, pero que en cualquier caso crispa los nervios de nuestro viejo amigo, este hermano de su hermana, quien sin duda echa en falta un arma de fuego, un arma corta, manejable, tampoco pide tanto el muchacho, seguro que hasta con un simple cuchillo de caza se apañaría. Lo tengo dicho mil veces, la fuerza es la única ley que cuenta a la hora de las tortas, y esa hora, como todas, llega.

Así dicho parece que fuera a hablar de una orgía de guantazos en la que hubiera podido desplegar mis dotes de fino estratega y habilidoso matachín, pero tampoco es el caso. No, lo que con todo esto quiero decir es que estuvo tonteando conmigo, la muy hermosa, me acarició lasciva los hombros, pero al final no pasó nada, al final este hermano de su hermana la agarró de la muñeca y la vistió, eh, he escrito “la vistió” cuando lo que en realidad pasó es que “la metió en un taxi y la facturó a su casa”. En qué estaría pensando. Sí, muy a gusto la hubiera desvestido, hubiera desgarrado esa fina tela que la cubría y le hubiera azotado el trasero con las tachuelas de su propio cinturón. Si algo lamento de no habérmela trajinado en pudiendo es no haber visto ese bellísimo rostro tomado por el escándalo, la perplejidad y la pizca justa de miedo.

No fue un dilema. No fue que temiera ofender a este hermano de su hermana. Fue sencillamente un imprevisto: que semejante hembra se contoneara para mí no entraba desde luego en mis expectativas de futuro. Qué digo imprevisto ¡fue un imponderable!

Bueno, me la follare o no, ahora ya da igual. Es todo lo que quería decirles. No se trata de dar envidia porque no hay nada que envidiar. El otro día lo hablaba con el energúmeno obeso amigo mío. Bueno, en realidad hablaba él, después de tomar un baño en su piscina y comentarle que ya no sabía cómo seguir con aquella fábula de la inundación:

-Esa gente del blog lo único que quiere es que te suicides. Es lo que les mantiene ahí, leyendo. Esperan el momento en que anuncies tu suicidio y lo cuelgues en youtube.